miércoles, 20 de mayo de 2009

Mi barrio. Doña Petra

Cuando colocó la toalla en el solarete, Doña Petra descubrió que podía estar más horas apoyada en su ventana y no rasparse los codos. La casa es de renta antigua y el alféizar, de puro cemento, le dejaba los brazos plagados de arañazos... Es una toallita azul con remate de ganchillo blanco en los extremos. Lo hizo ella, cuando el pulso y la vista aún se lo permitían. Ahora, ni labor puede hacer y las horas se hacen interminables,... salvo cuando mira por esa ventana.
De mañana, el sol le impide salir pero sobre las cuatro de la tarde, la sombra le da tregua y acude presta a ver el mundo por su ventanuco. Es su viacrucis diario. Suenan las campanas de la torre. Apaga la televisión y se dirige a su pared favorita. Descorre las cortinas y abre la ventana, primero la hoja derecha, luego la izquierda. Despacio, porque su artrosis no le permite caminar con seguridad, agarra la silla y la pega lateralmente a la pared, bajo el vano. Luego coloca los dos cojines, el blanco primero, el azul después. Así parece más alta y no tiene que forzar el cuello para su recorrido callejero. Solo le faltan palomitas, pero el médico ya hace años que le prohibió la sal, así que respira bien profundo y abre bien los ojos para no perderse nada... Solo las palomas de verdad le hacen compañía, será que es la única vecina que no trata de espantarlas de su lado...
Algunos viandantes, sobre todo los chiquillos deslenguados, la llaman mirona y alcahueta, pero Doña Petra ni se inmuta. Solo clava sus ojos a un lado y otro de la calle y viceversa. Ayer le dije adiós con la mano pero no me respondió. Hoy la saludaré de nuevo.

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