martes, 16 de junio de 2009

El primer encuentro/ Cuerpo de primera mano III

El banco donde me había citado estaba algo escondido, en una especie de reservado dentro del parque. El sitio era discreto, más propio de una pareja de enamorados que de una vendedora de cuerpos, pero... Tal y como me dijo, ahí estaba. Sentada, enlutada de pies a cabeza. Menos de diez metros nos separaban y a punto estuve de salir corriendo. Sin embargo, seguí caminando hacia ella. Muy despacio, eso sí. No había nadie más alrededor. Solas ella y yo, y palomas, decenas de ellas. Unos pasos más adelante descubrí que les estaba lanzando comida, pero tan lenta y torpemente que parecía una sonámbula o una invidente o un robot,... La distancia entre las dos ya era mínima, un metro quizá, y dejé de andar. Me planté enfrente, cogí aire y dije hola. Esperé. Nada. Solo un movimiento mecánico de lanzamiento de migas que, por cierto, cayó sobre mis zapatos. Y más mutismo. Solo el revuelo de las palomas y su arrullo rompían el hermetismo. Esperé diez o quince segundo más antes de repetir mi lacónico saludo, esta vez, entre interrogantes. Nada. Migas por doquier y palomas en, sobre, tras, bajo, por,... mis pies. ¿Me está tomando el pelo? expresé en voz alta (por si era sorda, que se me ocurrió justo entonces) ¿Y la respuesta? Silencio. Iba a girar sobre mis talones cuando una voz a mi espalda, muy próxima a mi oído, susurró... Hola. Soy yo. Ella es sordociega y me ha servido para asegurarme de que venías sola y conocer tu aspecto. Si sigues interesada en mi oferta, mañana a mediodía te espero bajo el Puente de Piedra. En el primer banco del Parque Macanaz... Ahora cuenta cincuenta, después ya puedes darte la vuelta e irte. De nuevo, la nada. ¿Se puede expresar el miedo con palabras? Si se pudiera, este sería el momento,...
Conté cincuenta pero no pude moverme. Por voluntad propia no, porque mis piernas temblaban visiblemente. Tuve que sentarme junto a la señora de las palomas para no caer al suelo redonda. No creí que le importara. A la señora, digo. Debí pasar allí unas dos horas. Cuando se terminó la comida, le dije adiós educadamente y me fuí. (Continuará)

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