lunes, 3 de mayo de 2010

Primeras páginas

La lectora de primeras páginas entró por fin en mi librería. Mari, la empleada a media jornada, empezó a hacerme señas para que me fijara en su presencia. Yo estaba en lo alto de una escalera, colocando los libros más insulsos por el orden alfabético inventado por mi para esos casos y tardé algunos minutos en percatarme de sus aspavientos. Mari parecía posesa. En completo silencio agitaba los brazos, como un molino de Cervantes o una naufraga del Titanic. Me hubiera reído de la situación en cualquier otro momento, pero no ese día. Tras dos meses y medio sin que nos visitara, la entrada de la lectora de primeras páginas, en un día como aquel tenía que ser una señal,... ¿Encontraría esta vez algún libro que la sedujera? La curiosa clienta era un raro especimen conocido por todo el gremio de libreros. Una especie de crítica de alta cocina que fisgaba las hojas nº 1 de los últimas novedades editoriales, a velocidad de vertigo. Si ella sonreía, habría ventas. Si por el contrario pasaba de un tomo a otro, sin apenas pestañear, pobre del librero o librera, seguramente tardaría en oír el tintineo de la caja registradora. Pero más allá de lo meramente económico, aquella extraña mujer y sus decisiones, aleatorias o no, suponían prestigio para el establecimiento. Colocar tal libro o tal otro en tal estante o tal otro, atraer la atención de esa mujer, acertar con sus gustos, simpatías, y sensibilidad literaria era lo más a lo que se podía aspirar. Y yo había preparado muy bien el momento. La planta baja de la librería era un altar dedicado a ella, no había ni un volumen colocado al azar. Todo estaba listo para sus ojos...

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