domingo, 26 de septiembre de 2010

Paseante dominical (y no querer volver)

El sol aún quemaba en aquella pradera a los pies de Ordesa pero sabíamos que era el adiós. Todo acabaría en minutos. Abrir los ojos, ponerse la chaqueta, pagar la cuenta, partir hacia lo conocido,... Adiós al tiempo que se para, se congela en la máxima perfección. Hay momentos en los que se tiene la certeza de no querer regresar. Este domingo lo ha sido. Me conformo con eso de que hay que volver para contarlo, aunque, ¿sabeis qué? Prefiero guardarlo solo para mí.

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