viernes, 8 de octubre de 2010

¿Por quién doblan esas campanas?

Y de repente, cesó. Tras cinco días con sus noches sin dejar de zumbar en mi dormitorio, el vecino decidió apagar la máquina del aire acondicionado. Nunca me había alegrado tanto. Pido perdón por haberle deseado la más cruel de las jaquecas. Ahora solo me satisface imaginar su cara cuando le llegue la factura de la luz. Que espero que no sea una estimación y así, escarmiente. Ahora vuelvo a dormir a pierna suelta. Y el repiqueteo de las campanas de las siete iglesias que rodean mi casa se oye con total nitidez. Cuartos, medias, horas en punto, maitines, bendita y alabada,... Y amén.

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