lunes, 31 de enero de 2011

Aprendizajes

Cuando era pequeña mi madre estaba empeñada en comprarme cuadernillos para aprender a dibujar. Había cuadernillos casi para todo: caligrafía, sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, repaso para el verano, marquetería, labores del hogar,... Casi todo, salvo para aprender a dibujar. El otro día, matando el rato en un quiosco de la ciudad, los encontré. Y a punto estuve de comprarme uno para llevárselo orgullosa a mi madre. Lo hojeé con interés, pensando si de haber existido hace 30 años mi vida habría sido otra. Un señor que andaba tan aburrido como yo me vio y no dudó en aconsejarme a viva voz que esos cuadernillos eran un fraude, que o se nace dibujante o no se nace. Le miré asintiendo y le pregunté a qué se dedicaba en la vida. Soy vendedor de seguros en paro, me dijo, pero podría haber sido un gran dibujante. Nunca es tarde, señor. Ni pronto, hija, ni pronto. Y ahí me dejó, con aquel cuadernillo para futuros Picasso, y pensando si alguna vez necesitaría un seguro,...

1 comentario:

Marcelo dijo...

Si en lugar de esos cuadernillos, ese señor hubiera sido más de aquellos "blocs de anillas" con los que abandonarse al dibujo libre, otro nota hubiera salido. O no. De todos modos, le alegraría saber que puede compatibilzar la venta de seguros con el dibujo: si me dibuja un monigote en las condiciones generales me hago un seguro de salúd.