lunes, 22 de octubre de 2012

Cuento contigo. ¿Una sopa?

Cuando Elisa está triste se encierra en la cocina y hace sopa. Litros y litros de líquido humeante. El edificio entero huele a la tristeza de Elisa. Alejo vuelve del trabajo y sube hipnotizado hasta el segundo piso. Querría tocar la puerta de ella, pero no tiene ninguna excusa. Nunca la tiene. Para él, la tristeza de Elisa es la mayor alegría del mundo. Alegría de niño que juega en la cocina de la abuela. De infancia feliz envuelta en sopa de letras. Alejo y Elisa son vecinos, pero salvo el buenos días o el buenas tardes, en función de la hora del día, nunca han hablado. Ni siquiera del tiempo. Ni siquiera de lo mucho que a él le gusta la sopa. Ajena a todo, Elisa da vueltas con parsimonia a una gran olla de caldo. Envuelta en su nube de vapor nadie puede verla llorar... Las lágrimas se evaporan y el vapor se convierte en bruma de mar. Los cristales de su cocina desaparecen en la niebla de un océano de angustia. Angustia la de Alejo. Que ya no puede distinguir a la cocinera tras los cristales empañados. Si abriera su ventana podría tocar la de ella, llamarla, dibujar un corazón y esperar, pero esta vez tampoco se atreverá. Y de nuevo, por la mañana encontrará una cazuelita de sopa en su felpudo con el mensaje, ¡Espero que le guste!  Una amiga. Tal vez, Alejo reunirá el valor suficiente para hacer guardia junto a la puerta y sorprenderla con la sopa in fraganti. Le daría las gracias por su inmensa generosidad, o tal vez le diría que la ama desesperadamente. O tal vez dibujaría un corazón sobre el de ella, y después se besaría el dedo, que sabría a sopa de amor. Eso no lo sabremos hasta que amanezca. Mientras tanto, él pasará la noche en vela, atento a los sigilosos pasos de la cocinera, la que alegra  su vida con sopas de tristeza.

No hay comentarios: