sábado, 2 de noviembre de 2013

Casa menguante

Para sacar la cama de la habitación hubo que partirla. No había tiempo de desmontarla. Ni tiempo, ni ganas. La dueña, a pesar de sus setenta años ya cumplidos, fue quien arreó el primer golpe. Los operarios la imitaron, diligentes. ¡Nada de remilgos, solo es una cama! Golpe a golpe desmoronaron el armazón macizo de aquel catre gigantesco. El armario no corrió mejor suerte. Puertas, baldas, cajones y perchas salieron despedidos de la estancia. Los albañiles que esperaban en el pasillo, esquivaban rápidos el desembalaje. A una señal de la clienta entraron al cuarto. Según los planes, tenían menos de tres horas para levantar una nueva pared, pintarla y empapelarla como la anterior. El electricista pedía paso. Tenía mucho que hacer. La lámpara del techo debía volver a ocupar el centro de la estancia. Pesaba demasiado. Trajo a sus dos hijos, fornidos chicos de gimnasio que sujetaron como Atlas la luminaria mientras el padre buscaba el punto central de la nueva habitación. En el epicentro exacto, volverían a izarla y fijarla al techo. Era el turno de los nuevos interruptores. Colocados en el lugar de siempre, como si fuera la misma pared. Tras las pruebas de rigor, enciende, apaga, perfecto, la habitación menguante esperaba a los siguientes. Equipo de limpieza. Fuera gotas de pintura, fuera polvo de ladrillo, fuera colas, fuera cables cortados... Después la nueva cama. Exacta a la anterior. Pero mucho más pequeña. El nuevo armario. Idéntico al original, pero dos metros más corto. El esposo llegó puntual. Cenó poco. Cabeceó viendo la televisión. Ella se despidió primero. Buenas noches, querido. Él la siguió al dormitorio. Se desearon buenas noches. Fue él quién apagó la luz. Esa noche volvieron a rozarse bajo las sábanas. El alba les sorprendió abrazados. El marido evocó amaneceres de antaño. Hacía tanto que no la sentía así de cerca, dijo. Ella sonrió por su triunfo. Bendijo el consejo de aquella amiga... 'Recuerda, Anita, el amor está en las pequeñas cosas"...  Una frase que pensaba seguir al pie de la letra. Pequeñas casas, pequeñas camas, pequeños dormitorios. Para recuperar el amor de su marido era capaz de convertir en pequeñas todas las grandes cosas que les separaban...

2 comentarios:

Alba Roda dijo...

Muy bonito Eva, es cierto que se está perdiendo la costumbre por contar cuentos. Gracias a mi peque he recuperado esa costumbre, se los cuento con la luz apagada antes de que se duerma. Es complicado porque tienen que ser improvisados y la única regla que le pongo es que no me interrumpa porque sino estaría hablando más que yo y porque pierdo el hilo. Es una práctica que me obliga a darle al cerebro y además me acerca a mi hija.
Sigue contándonos cuentos, un beso.

Hache dijo...

¡¡Muchísimas gracias por tus bonitas palabras y por seguir contando cuentos, espero inspirarte para que la peque se quede boquiabierta cada noche y después tenga unos sueños preciosos!! ;)