jueves, 2 de enero de 2014

Más que palabras

¿Madalena o magdalena?
He ahí el dilema.

He recordado mis días infatiles en el horno de los tíos. El olor a madalenas (o magdalenas) recién hechas. Con doble papel. ¡El de fuera hay que quitarlo! De la boca del horno salían docenas y docenas, que eran paleadas hasta mi altura. Parecía fácil, pero los dedos se quemaban. Recuerdo que liberé un par de madalenas (o magdalenas) y no pude más. Salí de allí corriendo, huyendo, salvando mis dedos mientras apretaba con fuerza una madalena (o magdalena) contra mi pecho.

Volví al anochecer. Los tíos estaban enfadados. También los pequeños tenían que ayudar, decían. Se lo diremos a tus padres. Que eres rebelde y maleducada. Yo muté en piedra. Sirvieron la horrible cena. Era niña poco comedora. Soñé que me castigaban sin comer. Ni el disgusto me libró de la tortura frente al plato. En el bolsillo, palpitaba nerviosa mi madalena (o magdalena) feliz.

Ni aquella tía, ni aquellas primas se llamaban Magdalena (o Madalena), ni nunca fueron tan dulces...

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