martes, 21 de julio de 2015

La frigoniña


El verano no le gustaba y quería escapar de casa a cada momento. Su madre la pillaba una y otra vez, pero seguía trazando un infalible plan de fuga. En cualquier despiste de la madre, ella correría escaleras abajo y caminaría hacia la torre de la iglesia del barrio, y después hacia el puente romano. Eso era el Norte. Lo había buscado en el ordenador de casa. No sabía qué haría al llegar al puente, pero en el Norte hacía frío, así que tendría que llevarse el abrigo de invierno y galletas, muchas galletas. Pero su madre era muy lista y no se despistaba.

-¿Ana, te has cansado de dibujar? ¿Quieres que ponga otra vez la película de los Minions? Y la pequeña fugitiva le decía que sí, para disimular sus ganas de huir.

-Toma, ni niña, te he comprado un granizado de limón, de esos que te encantan. ¡Bebe despacito! Y mientras sorbía y sorbía Ana pensaba que el Norte quizá no estuviera tan lejos.

-Mamá, ¿dónde crecen los helados? 

-¡No crecen, Ana! Los hacen personas, y los venden en las tiendas, después se meten en la nevera para que no se derritan...

-¿Y si abres la nevera, se acabará el verano en casa por fin?

-No, hija. Al contrario, el verano entraría en la nevera, y todo estaría caliente y olería mal.

Ana no quería oler mal, quería ser un granizado de limón o mejor aún, un granizado de Ana. No tendría que ir al puente romano, ni salir de casa, ¡tenía una idea genial!  Llegaría al Norte por la nevera. Allí estaría fresquita, no habría mosquitos y la luz siempre estaría encendida... 

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