Ayer no estaba y tampoco hoy. No sé si alegrarme o preocuparme de veras. El lunes, con cierzo helado y temperaturas muy bajas, distinguí a una mujer, sentada en los escalones que se mojan con el río. Parecía de mi edad, incluso llevábamos ropa parecida. Yo caminaba por arriba. Ella miraba fíjamente el agua. Aminoré el paso. Sé lo que es estar ahí abajo, sola, preguntando al Ebro mil y un porqués y deseé que ese no fuera su caso. Busqué con la mirada a su alrededor. Seguro que ha venido a pasear al perro, pensé. Pero allí abajo no había nadie más. El termómetro del Puente marcó -1º y volví a buscar algún indicio de que la chica estaba bien, que no pasaba nada raro. En ese instante ella se cubrió la cara con las manos, y supe que estaba llorando. La dejé a solas y respetuosamente, casi de puntillas, salí del puente. Ése momento era entre ella y el río, y no había sitio para nadie más,...
Espero verla mañana, esta vez con perro o hablando con su móvil, y si puede ser, por la parte de arriba. Deseo que la corriente fluvial se llevara sus penas hasta el mar. Allí, dónde estarán las mías, saladas, muy saladas,...