jueves, 30 de agosto de 2007

El Verano del Amor

Fuente Heraldo de Aragón Edición 30 de agosto de 2007 (antes, Santa Eva)
Autor: el gran Matías Uribe. MATÍAS URIBE "If you´re going to San Francisco / Be sure to wear some flowers in your hair / If you´re going to San Francisco / You´re gonna meet some gentle people there".
¿A qué tipo de gente se refería Scott Mackenzie en "San Francisco", una de las canciones más bellas y perfectas de la historia del pop, cuando en 1967 alentaba a los jóvenes a acudir a la capital californiana? ¿Quién era aquella "gentle people" a la que se podía encontrar en la bahía de la ciudad costera norteamericana? Sin duda, pese al sentido de "carácter dulce" del vocablo inglés "gentle", gente nada convencional, millares de jóvenes que vestían ropajes floreados y de colores chillones, se dejaban el cabello largo hasta la rabadilla, sembraban de flores el pelo, calzaban sandalias de cuero, fumaban hierba, tomaban droga, hacían el amor libremente, vivían en comunas y dormían en parques y pisos abandonados de la ciudad del oeste. Los hippies, en efecto, como rápidamente se les bautizó. Gente nueva, rara, desaliñada y desalienada, rechazada frontalmente por el sistema, pero artífice del llamado "Verano del Amor", del que ahora se cumplen cuarenta años y al que la industria discográfica americana rinde culto -o abre caja, depende- estos días con lujosas ediciones de estuches y discos compactos recogiendo la banda sonora de aquel tiempo de flores y utopía.
Ruptura generacional "For those who come to San Francisco / Summertime will be a love-in there / In the streets of San Francisco / Gentle people with flowers in their hair".
Una promesa tentadora, seguía predicando Mckenzie en la segunda estrofa de su himno: el verano será una "fiesta de fraternidad", un "love-in", como se denominaron a las reuniones de jóvenes en parques y conciertos de rock al aire libre. En ellas, aquellos jóvenes daban rienda suelta a sus apetitos de libertad y escapismo de una sociedad adulta que les oprimía para hacerles clónicos de sus padres y abuelos -una buena casa, una esposa fiel, barbacoa familiar los fines de semana-, algo que bajo otros parámetros iniciaron una década antes los primeros rockers y no consiguieron. En San Francisco, en el "Verano del Amor", estaba permitido todo bajo la norma no escrita, pero bien asumida, del amor, el pacifismo, el sexo, la libertad individual y las drogas. La ruptura con las generaciones de posguerra, con Ginsberg, Kerouack o Timothy Leary como teóricos y profetas mayores."All across the nation such a strange vibration / People in motion / There's a whole generation with a new explanation / People in motion people in motion".No, no fue un movimiento indolente ni prefabricado. Fue una "extraña vibración", como seguía cantando McKenzie, que recorrió Estados Unidos de este a oeste y luego saltó al continente europeo, generando una verdadera revolución social, la primera revolución juvenil de la historia. Una "generación entera con nuevas cosas que explicar". Bien es cierto que en los parques de San Francisco se dieron cita tanto gentes de espíritu libre como turistas de fin de semana, mercaderes o chicas fugadas de sus hogares ("runaways"), pero lo que allí se generó fue una nueva forma de entender el mundo, la vida y la misma cultura. La contracultura.Su génesis fue rápida: en octubre del 66 tenía lugar en el césped del Golden Gate Park de San Francisco el primer "love-in" mientras que los estudiantes, a través de los denominados The Berkeley Events, agitaban los campus de las universidades sanfranciscanas: detestaban el autoritarismo académico y pedían la participación libre en las clases y en la organización misma de los centros (Free Speech Movement). Poco después los grupos subterráneos de la Bahía accedían a los discos y en junio del 67, con Scott Mckenzie esparciendo las notas de su gran himno, se celebraba el primer gran festival hippy, el de Monterrey, un huracán de flores y música pop, alentado por The Mamas & The Papas, y en el que tomaron parte los grupos hippies emergentes, así como otros consagrados.Al poco, la música se trasladó a locales cerrados y a los grandes "ballrooms" -el Fillmore, a la cabeza- y surgieron los "light-shows" y la psicodelia, nuevas formas de arañar sensaciones y crear estímulos sonoros y visuales. La música en directo ya no era una larga secuencia de canciones cortas y de éxito sobre un escenario. Era algo más: para los sentidos y para el espíritu. Por eso, para acompañar los viajes psicodélicos, se estiraban los desarrollos de las canciones, se proyectaban imágenes estroboscópicas, máquinas de hielo frío provocaban humos coloreados por las luces, los "flashes" lanzaban luces intensas y parpadeantes y a menudo el ambiente se volvía fosforescente por los efectos de las luces ultravioletas. La base de los modernos espectáculos musicales.
Sueño centelleante "For those who come to San Francisco / Be sure to wear some flowers in your hair / If you come to San Francisco / Summertime will be a love-in there".
Inconscientemente, los hippies del 67, como remachaba una y otra vez la canción de Scott Mckenzie, habían sacado del arcón las profecías de Orwell y el famoso decálogo de Farson, cuya plasmación, según vaticinaron ambos, tendría lugar en 1984. No fue así, como la realidad se encargó de mostrar. "¿Dónde acabaron las flores del underground?", se preguntaba Fernanda Pivano en 1972. En las termiteras, respondían los más realistas y drásticos. De hecho, el sueño hippy saltó enseguida por los aires, embestido, como diría Roszak, por los nuevos centauros que, como siglos, atrás arremetieron contra la autoridad divina del mito: la policía, los medios de comunicación burgueses como la revista "Life", que redujo todo a estampa turística, el papel manipulador de la televisión, los mercaderes de las discográficas -a la Jefferson le metieron un cheque anticipado de 25.000 dólares- y un gobernador de armas tomar, el luego presidente Ronald Reagan, que cerró comunas, prohibió el consumo de LSD y devolvió a casa a aquellas jovencitas descarriadas. La buena conciencia americana quedó a salvo, y los mismo residuos hippies del verano del 67, los "diggers", celebraron las exequias simbólicas del movimiento en octubre, pero Monterrey y la revuelta californiana del 67, según escribió Mario Maffi, fueron el escenario de la rebelión, dejando para la posteridad conceptos que hoy se abrazan como naturales: el pacifismo, la liberación sexual, el ecologismo, los movimientos alternativos e incluso la contestación política y social del rock. "Somos políticos eróticos que nos interesamos por todo lo que se refiera a la rebelión, al desorden, al caos y a la actividad que parece carecer de sentido", dijo Jim Morrison. Los Beatles se apoderaron del alumbramiento hippy, le dieron su toque genial y personal y lo envasaron en su famoso "Sgt. Pepper", expandiendo así un sueño que nació centelleante y efímero pero que aún perdura.

2 comentarios:

ANGEL dijo...

¡Que mayores nos hemos hecho, Matías!.
Y ahora la utopía renace en El Corte Inglés en forma recopilatoria para engordar la caja.
Menos mal que siempre nos quedará la rebeldía del e-mule.

Nadia dijo...

Ayy..si tenía q haber nacido mucho antes.. ^-^
Muy bueno el texto y tus fotos de la playa geniales!!
El lunes nos vemos...ohhh.. jajaja!!
Besitus!!!