sábado, 22 de mayo de 2010

Simplemente sábado

Me he despertado a las 8h35 y no he podido volver a dormir. Demasiada luz en la habitación y mucho calor, ¡qué calor! Me he puesto el antifaz pero ni con esas he logrado seguir durmiendo así que he dedicido ponerme en pie. La ventana, abierta de par en par, era un guirigay de trinos de pájaros y nada más. Silencio de día que empieza y ligera brisa. Descalza y de puntillas he hecho café y tostadas y he salido a la terraza. Todo igual. Ni un ruido que no fuera el de los pájaros y alguna persiana levantándose. He regado mis plantas, he limpiado los cristales y me he dispuesto a disfrutar del mayor de mis placeres. Llevo varias horas al sol. He acabado una novela y he empezado otra. Puse música para aislarme cuando los primeros ciudadanos decidieron salir a la calle con coches, con gritos, con otras músicas. Opté por selección aleatoria de canciones y puedo deciros que hasta las 57 todas y cada una de ellas han sido increíbles. No está mal si tienes más de tres mil. Ya suenan taladros, obras, tendedores chirriantes, teléfonos, cláxones. Es hora de dejar la terraza y volver al interior. Pero aún, en mi cuarto, la ventana que da al Pilar deja entrar aire fresco que mueve leve la cortina-foulard naranja. Aún queda algo de esa magia de las 8h35 de la mañana; aún podré dejarme llevar un poco más por los sueños para un día que empieza, irremediablemente, cada mañana.

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