viernes, 27 de marzo de 2020

#Cuentarentecuento: Bote de garbanzos


#Confinamiento1
Ana. Soltera. 32 años. Sin gato ni perro. Sin relación sentimental estable (ni inestable). Amigos virtuales, unos cuantos; de carne y hueso, uno en la otra punta del mundo. Definida como "workaholic" en inglés; en español, adicta al trabajo. Trabaja desde casa (antes del Estado de Alarma, también). Una vez etiquetada la personalidad de Ana, os cuento que en estos días de confinamiento ha decidido aprovisionarse y llenar su... le llama despensa, pero solo es la parte de abajo de un armario de cocina. Lo habitual en su "despensa" es encontrar un par de sopas de sobre (caducadas), alguna lata exótica, y con exótica nos referimos a leche de coco, o fabada asturiana light (no se distingue bien la fecha recomendada de consumo) y medio saquete de sal mal cerrado. Ana, ha decidido ser responsable y dar a ese pequeño reducto de su cocina la dimensión de almacén de productos de primera necesidad que el confinamiento merece. 


#Confinamiento2
Primera necesidad, se repetía, mientras escribía y tachaba después en su lista de la compra. Así, de un plumazo, redujo las necesidades a: arroz, pasta, tomate frito, huevos, leche, pan, fruta en almíbar, café. Tuvo que sacrificar el chocolate negro 78%, las galletas oreo, el zumo de arándanos (un vicio pero también un cóctel de antioxidantes, esto le hizo dudar hasta el último momento) y los berberechos (ay, los berberechos) La misión avanzaba, ahora tenía que vestirse para salir a la calle por primera vez desde hace 6 días... 



#Confinamiento3
El supermercado parecía el escenario de una película apocalíptica. Solamente cuatro o cinco clientes más deambulaban como robots entre los pasillos desiertos. Las miradas de recelo se lanzaban como cuchillos y Ana solo quería salir de allí cuanto antes. De su lista de emergencia no encontró nada en las estanterías. El pulso comenzó a agitarse. No había nada que pareciera comestible y temió morir de inanición, sola, en su pequeño piso interior, con vistas a un patio estrecho por el que no salía nadie... Entonces vio su salvación. Ahí estaban. Botes de garbanzos. Relucientes. Esperándola. Uno, dos, tres, siete brillantes botes de legumbre con los que salió estrepitosamente de la tienda y corrió a encerrarse de nuevo entre sus cuatro paredes. Solo tras lavarse concienzudamente las manos durante varios minutos, su cerebro comenzó a pensar con racionalidad, y a gritar en su interior: Ana, tú odias los garbanzos



#Confinamiento4
Las noticias son cada vez más alarmantes. Aumenta el número de fallecidos y las ucis están saturadas. La policía controla que se cumplan las normas. Salir lo menos posible es necesario para acabar con el virus. Piden a la población que no acapare comida. Los supermercados seguirán abiertos. No va a faltar de nada, dicen. Ana ve en la televisión a gente cargada de bolsas. Bolsas en las que estarán sus galletas, y su zumo de arándanos, y también el arroz y el tomate frito y su café... ¡Y ella solo tiene odiosos garbanzos! No es justo. Pero le ha pasado por tonta. Por tardar en bajar a la calle. Por ser razonable. Mientras piensa, camina de un lado a otro de su piso de 40 metros cuadrados. ¡Si sigue así va a volverse loca! Necesita calmarse y pensar. A alguien le gustarán los garbanzos, ¿no? Eso es, el trueque de toda la vida. ¡Tiene que funcionar!  

#Confinamiento5
Abre la puerta de casa y casi de puntillas se encamina al portal. Allí, en la pared más visible, frente a la escalera y el ascensor pone su cartel. "Soy la vecina del 3º dcha. Tengo muchos garbanzos y no sé qué hacer con ellos. Si tenéis verdura o arroz o café, por favor, hacédmelo saber. Ana". Ansiosa retorna a su piso. No deja de mirar el reloj. ¿Cuánto tiempo pueden tardar los vecinos en darle una señal? Son casi las 4 de la tarde y no come nada desde ayer. Sobrevivir es lo primero, se dice, y con todo el asco del mundo abre el primer bote de garbanzos, cierra los ojos y mastica mecánicamente...

#Confinamiento6
Ni toda la pasta de dientes del mundo sabor menta podrá borrar el recuerdo de los garbanzos bajando por su garganta. Son las 9 y media de la noche y el estómago le reclama más, pero se niega a terminar el bote de legumbres. En un arrebato decide bajar al patio y saber si algún vecino ha respondido a sus súplicas. No necesita moverse del umbral. Sobre la alfombrilla alguien ha dejado un tupper y una nota. "Soy Puri, del entresuelo izquierda. Te apunto aquí varias recetas con garbanzos, y por si te apetece cambiar de menú, te he hecho una tortilla de patata. Si necesitas algo más, no dudes en llamarme". Ana no pudo contener el torrente de lágrimas que inundó su cara y hasta empapó la nota de la señora Puri. Cogió su tesoro en forma de caja de plástico y cerró la puerta. Sin duda, era la mejor tortilla de patata que había comido en su vida, a pesar de la cebolla...

(continuará)